—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un hombre que está malo.
—¿Y qué quiere usted que yo le haga?
—Señor sargento, si me hiciera usted un favor...—añadió Manuel.
—¿Qué?
—Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico El Mundo y que me han metido preso.
—Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento, abrió la reja y se dirigió á Manuel:
—Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á vivir á salto de mata.