La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.

—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.

—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una tía.

Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.

Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero ella le dijo:—Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo lo mismo.

Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.

Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:

—¿Y tu padre?

—Bueno.

De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando, con palabra entrecortada.