¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.

Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente notas alegres de los organillos.

Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, ¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas lejanas...

Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta, cada vez más fuerte.

—¿Será la Justa?—pensó—. No puede ser.

Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se presentaron dos hombres.

—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—. Quedas detenido.

—¿Por qué?

—El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.

—¿Me van á atar?—preguntó Manuel.