Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:
—¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
—¿Qué pasa?—dijo asustado Manuel.
—¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
—¿De qué?—preguntó el muchacho.
—De hijo.
—¿De hijo? No comprendo.
Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un profesor de esgrima con el florete, y añadió:
—¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!
—¿Quién, yo?