—Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?
—Sí, hombre, sí.
—Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el consumo de alimentos y encarece el pan.
La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.
—No es una fantasía—replicó Horacio—es la pura verdad.
—Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.
—¿De dónde has sacado este chico?
—Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?
—A ver, quítate la gorra.
Manuel se quitó la gorra.