Manón contestaba:

—Todo va perfectamente. Siéntate un poco.

Para no escandalizar a las monjitas le recomendaba que se colocara junto al carretero. Álvaro entabló conversación con este. Por la conversación del soldado conductor del carro pudo comprender que para él las batallas o las acciones no tenían gran importancia. Lo principal consistía en trasladar aquella impedimenta pesada: los carros cargados con patatas, habichuelas, heno y paja. Algunos carros iban llenos de heridos.

En el camino, al principio, se vieron muertos sin enterrar y el cuerpo de un merodeador, ahorcado, en la rama de un árbol, por los liberales. Era una visión de Danza Macabra.

El carretero mostró las bandadas de cuervos que revoloteaban en derredor.

—¿Sabe usted lo que esperan? —le preguntó a Álvaro.

—No.

—Pues esperan que alguno de los heridos muera y lo entierren con poca tierra para caer sobre él.

Los soldados, al marchar, entonaban canciones liberales, alternando con el himno de Riego. Una de las que cantaron era esta:

De las diez ciudades