Para un espíritu impresionable, muchas veces el insinuar, el apuntar, le basta y le sobra; en cambio, el perfilar, el redondear, le fastidia y le aburre. Cada cosa tiene un punto en su extensión y en su perfección muy difícil de saber cuál es. Una cómoda, bruñida y barnizada, está bien; una torre de piedra, bruñida y barnizada, estaría mal.
Si bastara hacer detallado para hacer bien, todo el mundo construiría maravillas.
Hay que tener también en cuenta que los que escribimos y los que leemos vivimos en una época rápida, vertiginosa, atareada, que no deja más que cortas escapadas a la meditación y al sueño.
No es solo al novelista a quien le cuesta trabajo cerrar su novela, es al lector a quien le molesta a veces el local demasiado cerrado; de ahí que el novelista que ha sido sobre todo lector y que mide la capacidad y la resistencia de los demás lectores por la suya, tenga en sus libros que poner muchas ventanas al campo.
Una dama amable e inteligente me escribía desde París, no hace mucho, con motivo de Las Figuras de Cera, novela mía, que dentro de lo que yo puedo hacer se me figura que está bien, y en cuyo prólogo, cosa que ya no haré más, he tenido la candidez de decir que no me satisfacía.
Esta dama me escribía: «El último libro de usted me parece muy vago, y tengo que hacer grandes esfuerzos para entrar en él y tomar interés por tantos personajes».
—Pero, querida amiga —le hubiera dicho yo—, ¿cómo no va a resultar vago mi libro, u otro cualquiera, en un gran hotel, entre el ir y venir de la gente, el tomar el auto, el ir al restaurante, el acudir al teatro y el recibir visitas, sin poder tener un momento de recogimiento y de reposo? Todos los libros resultan vagos en medio del tráfago de la vida, y esto no es defender el mío, que por otra parte creo que está bien.
¿A qué político que vaya a defender su gestión en el Parlamento, a qué bolsista que marche a la Bolsa a ver una cotización de la que depende su fortuna, a qué hombre a quien le van a hacer una operación grave le entretiene una novela? A nadie. Ni tampoco le entretiene al hombre que va a ver a una mujer, ni a la mujer que va a ver al novio o a la modista, ni al comerciante que va a hacer un negocio, ni al industrial que tiene encima un conflicto obrero.
El libro no es un manjar propio de morralla humana, atareada y afanosa; el libro es para el que cuenta con algún tiempo, para el que tiene calma y tranquilidad y encuentra momentos de reflexión y reposo, y hoy ¡hay tan pocas personas en estas circunstancias! Porque no basta tener dinero o una preeminencia social para no estar dentro de la morralla humana. Hay la morralla rica y la morralla pobre, y esta última es quizá la menos antipática de las dos.
Yo en Madrid he conocido muy pocas personas que hayan leído a Balzac, a Dickens o a Tolstoi; pero lo extraño es que en París y en Londres hay también poca gente que los haya leído íntegramente. ¡Son libros tan largos!, dice la mayoría. Hoy asusta una novela de dos o tres tomos gruesos, y las que se resisten es porque hablan con detalles de duques, de príncipes y de banqueros judíos y de toda esa quincallería social que hace las delicias de los rastacueros, que creen que se traspasa algo del valor mundano al valor literario, cosa que es perfectamente falsa, porque todas las joyas, las preseas, los palacios, las duquesas y los banqueros no dan nada a la literatura.