Cada tipo de novela tiene su clase de esqueleto, su forma de armazón y algunas se caracterizan precisamente por no tenerlo, porque no son biológicamente un animal vertebrado, sino invertebrado.

La novela, en general, es como la corriente de la historia: no tiene ni principio ni fin; empieza y acaba donde se quiera. Algo parecido le ocurría al poema épico. A Don Quijote y a la Odisea, al Romancero o a Pickwick, sus respectivos autores podían lo mismo añadirles que quitarles capítulos.

Claro que hay gente hábil que sabe poner diques a esa corriente de la historia, detenerla y embalsarla, y hacer estanques como el del Retiro. A algunos les agrada esa limitación, a otros nos cansa y nos fastidia.

¿Cómo ponernos de acuerdo los parnasianos y los no parnasianos, los partidarios de lo limitado y de lo concreto con los entusiastas de lo indefinido y de lo vago?

Es el instinto que nos impulsa a unos a un extremo y a los otros al contrario.

OBLIGACIONES DE UN LIBRO CORRECTO

Como yo no rechazo la posibilidad de hacer una novela bien cortada, como un chaquet de sastre a la moda, pienso en las exigencias que tendría el género si pretendiese hacer de La nave de los locos un libro correcto, ponderado y casi parnasiano.

Lo primero que me molesta al pensar en meter mi novela en la férula estrecha de una unidad, es tener que reducir el número de personajes, el hacer una selección de los tipos vistos y pensados y no dar entrada más que a aquellos de buen aspecto.

Tendría uno que poner en su barraca un cartel parecido al que solía haber hace años en algunos bailes de Valencia:

«No se admiten caballeros con manta».