De los tres compañeros de viaje, uno es principalmente cultivador del ensayo filosófico; el otro, especialista en cuestiones pedagógicas, y yo casi exclusivamente cultivador de la novela, con o sin prólogos doctrinales.
Después de comer en la fonda, nos asomamos los tres a un paseo frente al mar. El paseo corre sobre un malecón por encima de la playa. Abajo, en el arenal, descansan cerca del agua, varias barcas pequeñas, dos o tres mayores con las velas remendadas y unas yuntas de bueyes. Los pescadores, bronceados por el sol, van y vienen, preparando sus redes, dando una nota de color con sus camisetas amarillas y rojas.
En el extremo de la playa, en una rinconada entre dos casas, un grupo de hombres y de muchachos se dedica al juego del país, que consiste en tirar una caña de azúcar al alto e intentar cortarla en el aire con una navaja.
Estaríamos muy satisfechos de poder hacer algunas observaciones, quizá algunas metáforas, sobre la belleza del Mediterráneo y la dulzura del clima; pero el brillante mar latino se muestra oscuro, con un color de mica, bajo el cielo encapotado. Es un día antimetafórico, y faltos de posibilidad de apoyar en alguna base nuestra retórica, volvemos al tema que durante todo el viaje nos ha servido de motivo de conversación.
LA NOVELA
Lo que debe ser la novela y la posibilidad de una técnica clara, precisa y concreta, para este género literario ha sido la base de nuestras discusiones.
Cuando no tenemos otra cosa mejor que hacer, cuando no nos encontramos en la duda de seguir un camino u otro, de elegir la fonda de arriba o la de abajo, cuando no tenemos la necesidad de escribir un trozo más o menos elocuente en una tarjeta postal, volvemos a la técnica de la novela.
Yo, desde hace tiempo, me hallo preocupado con esa técnica, no precisamente con la general, sino con la mía propia y con la posibilidad de modificarla y de perfeccionarla. Ahora, esto, sin duda hacedero en teoría, no lo veo igualmente factible en la práctica, o, mejor dicho, no encuentro su eficacia, porque al intentar proyectar mis ideas técnicas sobre la construcción novelesca, se reducen a tan poco, dan un resultado tan parecido a lo inventado por puro instinto, que mis nuevos planes me desilusionan.
Tomando como motivo la técnica de la novela, los tres compañeros de viaje nos batimos con razones mejores o peores y exponemos nuestros respectivos puntos de vista. Después, en los momentos de abstracción y de silencio, yo intento ver si llevo alguna luz a mi nuevo libro, en estado embrionario, al que voy a llamar La Nave de los Locos.
Aunque algunos amigos no lo creen, no soy nunca terco en mis ideas; la posibilidad de cambiarlas, no solo no me molesta; al revés, me ilusiona. He ensayado en literatura todo cuanto he podido ensayar. He huido de ser dogmático y he llegado a pensar, como lector de los pragmatistas, que una teoría en la mayoría de los casos, vale más por sus resultados y por su porvenir que por sus posibles aproximaciones a la verdad.