Se había despertado en una alcoba lujosa, sobre una cama mullida, llena de almohadones. Al mirar al balcón vio una sombra negra; luego que alguien rompía un cristal, abría y entraba dentro con una linterna sorda. ¿En dónde estaba? ¿Qué le había pasado?

De pronto notó el ruido de una respiración próxima, y, al mirar al suelo, vio una gran serpiente, que se enroscaba en sí misma, de una manera lenta. La serpiente, grande, pesada, estúpida, con barbas y ojos tristes, más que miedo le producía asco y ganas de matarla a puntapiés.

Alvarito se tiró de la cama y arrancó un barrote con gran facilidad y lo levantó en el aire. La serpiente, al verlo, tomó aire compungido: se puso en dos pies, se inclinó humildemente, abrió la puerta de la alcoba y desapareció...

Alvarito, entonces, se despertó de verdad; vio el cuarto encalado y pobre de la venta del Puerto de Velate; la luz del día, nevado, entraba por la rendija de las contraventanas.

A Alvarito le costó bastante trabajo convencerse de que había soñado.

—Aquí no hay sillones, ni espejos, ni serpientes con barbas. ¿Quién podrá ser esta gran serpiente ridícula? —se preguntó después—. ¿A quién podía representar? Quizá a Sagaset, el sátiro de Sara; quizá a Malhombre o a Frechón. Al último no pudo presumir a quién podría simbolizar aquel gran ofidio cómico y lacrimoso.

SEGUNDA PARTE

MANIOBRAS DE AVIRANETA

I

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