Si el novelista tuviera que dar una pragmática al filósofo, le diría: Nada de metáforas, que en filosofía tienen aire de abalorios. Bastante cantidad de ringorrangos y de floripondios tiene el idioma de por sí, para añadirle deliberadamente otros. Nada de orientalismos, ni de color. Hay que tener en el estilo la austeridad de un Kant.
—¿Por qué hay que tomar a Kant como modelo? —podría preguntar el ensayista.
—Con el mismo derecho que se toma como modelo de novelista a Stendhal o a otro cualquiera.
El ensayista quiere una novela aséptica, el novelista, a su vez, exigiría una filosofía aséptica.
Siempre está uno inclinado a pedir la asepsia para el vecino.
LA LARGA VIDA DE LA NOVELA
Hace algún tiempo, un profesor de Madrid decía en un periódico de provincias que la novela estaba llamada a desaparecer y que no podía interesar a los lectores modernos la vida de una familia como los Rougon-Macquart o la existencia de una mujer como Madame Bovary.
Esto tiene el mismo valor, a mi juicio, que las predicaciones que oíamos hace años a algunos pobres maestros de escuelas libertarias, que nos decían, como quien hace un descubrimiento: La bandera no es más que un trapo de colores. Morir por ella es morir por una percalina. Claro que sí: la bandera es un trozo de tela, es un trapo, pero es un trapo que puede significar mucho aun fuera de toda apoteosis retórica y patriótica. Para el soldado que vaya despistado y perseguido por el campo enemigo y encuentre su bandera clavada en un baluarte, la bandera no es un trapo insignificante; sabe que allí está su salvación y su refugio. La bandera será para él toda la percalina de colores que se quiera, pero será una percalina de una importancia vital.
Y no es que uno sea partidario de tantas ceremonias patrióticas a base de banderas y gallardetes que hoy se estilan; pero quiere decir que todo lo que existe tiene sus puntos de vista negativos y sus aspectos positivos, unos y otros más o menos lógicos.
Generalizando el juicio simplista y un poco ramplón del profesor que niega la importancia espiritual de la novela, la literatura en general no tendría tampoco ninguna.