Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.
Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.
Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y calcar firmas.
Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y panderetas.
Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo, en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.
Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo la mirada de un juez.
Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia, porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito examinara con cuidado sus documentos.
Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.
Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.
No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.