—No; todavía, no.

—¿Quiere usted acompañarnos?

—Con mucho gusto.

Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.

La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés años.

La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba como apabullada.

Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir órdenes, y yo.

El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un movimiento suave.

En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.

—Point d'espagnols—decía el capitán—. Dos damas francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería real.