Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos era un folletín de muchas entregas.

Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.

Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del castillo y no volví.


XIV.
EN LA DILIGENCIA

Corrí con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un asiento para Bayona.

Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.

En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.

Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá», del Barbero de Sevilla, en una de las casas del gran mundo de Orthez.