Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en San Sebastián.
El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y preparé mi viaje.
X.
EL CALOR
Salí de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes; Philonous hacía lo mismo.
En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por el sol.
¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.