La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de baldosas rojas que se deshacían.

No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto; todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los techos y las paredes iban a venirse al suelo.

Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla bien.

El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.

Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que costaban cuantos manjares ponía en la mesa.

—Ya ve usted, don Juan—me decía—, este escabeche que está usted comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.

Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.

Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de un pueblo de Andalucía.

Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que estaban.

De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida, iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los comensales.