—¿Me reconoce usted como soberano?
—Sí, señor.
—¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?
—Ahora mismo.
—¿Sabe usted dónde está ese pillo?
—Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.
—Ahora vengo con ella.
El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.
Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.
El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de ramaje y de hierba.