—¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?—preguntó don Carlos.

—Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su padre.

—Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con sus documentos?—preguntó el Pretendiente.

—No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre—contestó Roquet—. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría por ello muy mala nota.

—Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos papeles—dijo el Pretendiente.

—El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.

—Bueno, pues se le darán—dijo el Pretendiente.

Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.

El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como garantía de que se le devolverían todos los papeles.