—¿Así iban?
—Sí.
—¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?
—No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses, los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.
El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.
Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.
El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía profesores que iban todos los días a darle lecciones.
El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes, una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados ingleses y un piano nuevo.
Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.
En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.