La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico, era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido. Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una comida.
En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos de sidra en una tarde ni de los veinte de vino.
Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry.
Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas—la melancolía no es para sepultureros, decía él—, se puso a cantar y a bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a veces decía una cosa por otra.
¡Ay, Madalén, Madalén;
Madalén gajoa!
Bigarren batalloyan
daucazu majoa.
Chiquichua da baña,