María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo aplastante.

Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.

Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada antipatía.

Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre en una callejuela próxima a la Catedral.

Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.

Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y por sus hombres.

Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en los melodramas.

Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas del bello sexo.

Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los Descontentos.