A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una obra maestra.
VI.
LA CASA DEL NEGRE
Cerca de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se pudría con la humedad y el sol.
Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.
El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas que más le gustaba repetir era ésta:
Cuan lo pare no te pa
la canalla, la canalla,
cuan lo pare no te pa