Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.
Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.
La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.
A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí mismo:
—Estoy triste porque ella me ha abandonado—pero comprendía que no, que estaba melancólico porque mi temperamento era así.
Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.
Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, con la palabra Libertas; la de Génova, con una estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.
Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del mar Mediterráneo.
En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al carretel.