Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de abatimiento y de melancolía.
También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, mirando por la ventana el cielo y el campo.
En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.
Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del Angelus.
De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...
Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.
VIII.
LA CASA DE MONTFERRAT
Al cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.