—¡Qué pescada ni qué niñu muertu! Que me pongan dos huevus fritus.

—¿Lo quiere uté con patata?

—¡Patatas! Aquí no valen nada las patatas ¡Aquellus cachelus!

Yo me reía interiormente de las divergencias de opinión del gallego y de la andaluza; para el primero no había nada superior a lo que se criaba en las proximidades del Miño, y para la andaluza, Málaga era el compendio de todas las excelencias culinarias y no culinarias.

Un día en que me hablaba el juez de sus campañas contra la gente maleante, le pregunté si sabía algo de la asonada política de Málaga en 1836, en que intervino Aviraneta y en la que murieron el conde de Donadío y el general Sanjust; pero el juez, por aquella época, no estaba en Málaga.

Preguntó a un joven, empleado en el Gobierno Civil, que se hospedaba en la fonda, quién podría tener datos de esta algarada.

—El que he oído decir que presenció este motín—dijo el joven—fué un señor de aquí.

—¿Quién?

—Pepe Carmona, un comerciante malagueño que es aficionado a escribir. ¿No le conoce usted?

—No.