Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias, cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.

El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza, don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal, para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de regionalistas.

Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga, el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.

También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más chillonas y alborotadoras.

Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba.

Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los milicianos nacionales.

Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él; si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y otros ideales.

El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía a éstos en la mayor desesperación.