Aunque esto ocurriera, era lo positivo que los dos núcleos rebeldes, el de los masones y el de los militares, aumentaba. El levantamiento de Díaz Porlier en La Coruña fué fruto de los dos elementos, y fracasó por confidencias y por trabajos que hizo el arzobispo, ayudado por el clero.
Porlier, a quien llamaban el Marquesito, fué ahorcado; pero sus cómplices se escaparon y fueron apareciendo en la frontera de Francia y estableciéndose allí.
Las emigraciones ocasionadas por las tentativas de Mina y de Porlier produjeron en Francia, unidas a la de los afrancesados, núcleos importantes, en donde no faltaba la gente de dinero y de influencia.
Teníamos en París a Toreno, a Urquijo, a Hermosilla, a Llorente, al ex fraile don Manuel Núñez Taboada, a González Arnao, a Azanza...
En Burdeos estaban el ex jesuíta Rafael Martínez, el coronel de Caballería Gavilanes, el bibliotecario Gallardo, el fraile músico Moliner, el coronel Colombo, el capitán Arquez.
En Bayona se hallaba el núcleo mayor. Allí estaban Espoz y Mina, Fermín de Asura, que acababa de escaparse de la prisión de Cahors y estaba escondido en una casa de campo de los contornos; el fabulista alavés don Pablo de Jérica, complicado en lo de Porlier, a quien por orden del embajador de España habían tenido preso en el castillo de Pau; el capitán de fragata O'Connor; el ex fraile Arrambide; Juan Bautista Beunza, preso también en Pau; Nicolás Uriz, secretario de Mina, preso en Montauban, y otros que no recuerdo.
Ya por entonces bullía José Manuel del Regato; el traidor Regato, que jugó un papel tan triste en la segunda época constitucional. Regato había publicado en Bayona un folleto contra Fernando, titulado El Carolino, papel lleno de palabrería vulgar, pero que había tenido algún éxito entre los emigrados.
Regato se hacía llamar Oyo, Abeille y Abella. Yo, como vivía en Bayona y conocía mucha gente, me enteré de la vida que hacía Regato y sospeché siempre de él; tenía relaciones secretas con la policía, lo que hubiera bastado a cualquiera para desconfiar. Sin embargo, este hombre pasó durante mucho tiempo por un hombre íntegro, gracias a la pedantería española y a la importancia que damos a las palabras; vivió en París, en casa del conde de Toreno, y fué protegido en Madrid por Alcalá Galiano.
Al último, él mismo se desenmascaró, cuando en 1823 dirigió en Madrid la pedrea contra las Embajadas, dejando en las garras de la policía a un pobre zapatero remendón a quien engañaba.