Era valiente, declamador y entusiasta de la libertad y de la gloria. Le gustaba repetir en sus discursos esta frase: Ubi Libertas ibi Patria (donde está la Libertad está la Patria).

Cugnet hablaba de una manera demasiado solemne. Nos dijo que su sociedad, L'epingle noir, iba a ser la espina que se iba a clavar en las viejas monarquías y a producir su gangrena.

Su sociedad había hecho un llamamiento a las generaciones presentes y futuras. Su fin era formar una liga de pueblos contra el despotismo, para asentar la República sobre las ruinas del Trono y del Altar. Para él todos los medios eran buenos: desde la barricada hasta la caricatura; desde el discurso elocuente hasta el pinchazo con el estoque.

Cugnet discurría como un verdadero revolucionario; comprendía que se necesitaba una asociación fuerte para luchar contra el Poder, que se iba robusteciendo.

No habían ni él ni los otros imaginado medios fáciles de comunicarse; no se había disciplinado el espíritu de protesta, y se ignoraban los procedimientos de preparar movimientos internacionales. Esto se aprendió en 1820, cuando triunfó la Revolución Española y comenzó a funcionar el carbonarismo.

Cugnet, después de sus generalidades, nos dijo que los quinientos hombres de El alfiler negro se incorporarían a la legión extranjera que mandaría el general Berton y pasarían los Pirineos.

Como yo no tenía que decir nada no hablé.

Se decidió que al día siguiente tendríamos una reunión con los delegados de la masonería en casa del conde de Tilly, que vivía en la calle de Choiseul, en el número 6.

Al terminar la conferencia se presentaron en la librería los dos hermanos Caron, a quien los presentó Cugnet y a uno de los cuales yo conocía del baile de la Embajada.