Atolondrado y exaltado como era mi hermano, en vez de moderarse, exageraba sus ideas. Una vez, en esta casa amiga, tuvo la imprudencia de discutir con un fraile, de contradecirle; de asegurar que había tomado parte en Roma en una conjuración contra el Papa, y de que era republicano.
Al día siguiente, el fraile, con dos esbirros de la Inquisición fueron a casa de mi hermano y lo prendieron. Brambilla quiso salvarlo, afirmando que lo dicho por mi hermano era una chiquillada. El fraile no sólo no cedió, sino que fué al Tribunal a declarar contra mi hermano y aumentar los cargos que había contra él.
Mi hermano fué atormentado en el calabozo, y a los seis meses de estar encerrado en él, murió.
Mi padre, al leer la carta, no derramó una lágrima.
—Escríbele a Brambilla—me dijo—y pregúntale el nombre, el nombre de ese fraile que ha denunciado a Emilio.
Le escribí y nos lo dijo. Desde entonces mi padre vivió únicamente soñando en la venganza. Quería marchar a España, pero no podía moverse. Estaba muy enfermo.
Entonces una pariente lejana nuestra murió, dejándonos una pequeña fortuna. Mi padre ha muerto hace un mes clamando venganza.
—A eso voy a España. A vengar la muerte de mi hermano—concluyó diciendo María Visconti—. Ustedes me pueden ayudar a mí con sus conocimientos; yo pondré a su servicio mi buena voluntad y mi dinero.
Aceptamos el trato y decidimos que desde entonces María Visconti fuera para nosotros un camarada.