Con la logia de Granada nos entenderíamos por intermedio de Veramendi, que era intendente en aquella ciudad, y con Valencia, por la casa de Bertrán de Lis.

Dispuesto esto, entre todos redactamos varias proclamas, que en el fondo eran la misma, pues no tenían más variación sino que en una decía castellanos; en otra, navarros, y en otra, catalanes; y que comenzaba así:

«Concordia y valor: Españoles: el yugo infame que nos oprimía ha sido quebrantado...»

Venía luego un corto programa político con las reformas que considerábamos necesarias.

Después, como la mayoría de nuestros afiliados habían de ser militares, se les prometía a todos un ascenso y aumentarles el sueldo.

Cuando llegamos a estar de acuerdo en la redacción se mandó a imprimir la proclama a casa de Gosse, en Bayona.

Concluída nuestra tarea, repusimos nuestro almacén ambulante de agua de Colonia y de aceite de Macassar, este último con aceite común un poco perfumado, y tomamos el camino hacia Castilla.

En Burgos, Aviraneta tuvo que esconderse en el coche, temiendo el encuentro con alguna gente de Merino, y en Valladolid, en cambio, tuve que esconderme yo, pues si alguno me hubiese reconocido como el subprefecto del tiempo de José me hubiesen hecho pedazos.

Aviraneta se detuvo en la ciudad castellana unas horas. Tenía una cita con don Anselmo Acebedo, el de Bilbao. Se reunieron y hablaron con el general Ballesteros, que estaba desterrado allí y que ofreció levantarse contra el Gobierno absoluto el día que se lo indicasen.

Hablaron también con el médico don Mateo Seoane, que estaba de titular en un pueblo próximo. Seoane dijo que se vería con el Empecinado, y, efectivamente, poco después el general don Juan Martín contestó adhiriéndose a la idea y ofreciéndole para todo.