No le contesté nada, y me despedí de él.
Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos adelante.
VIII
EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO
Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.
Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.
Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una, llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres y un alemán.
No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos en formación.
El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia. Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el Rhin.