Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.
—Nada; vamos a ver al burgomaestre—dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
—Aquí no hay camas ni posada—gritó el burgomaestre furioso—; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.