—Nostro amigo Chiaramonte—me dijo Bonaffús—es molto rico. ¡El contrabando!
—¡Bah! ¡Bah!—repuso Chiaramonte—. ¿E voi? Sempre esta facendo denaro—me dijo—. Questos judíos son maravigliosos. ¡Oh! ¡Che canaglia!
—E lei es molto mas rico que yo—exclamó Bonaffús.
No me interesaban mucho estas gracias de comerciantes, y subí al piso principal.
Salió la Cayetana, la mujer de Chiaramonte, y me pasó a una salita en donde se hallaba ella en compañía de sus dos hijas, que estaban haciendo labores. Este saloncito era muy bonito; tenía un gran mirador colgado sobre la calle, con muchas flores, el clásico diván, con sus almohadones bordados a estilo oriental, unas cuantas sillas de Damasco, un piano y varios grabados antiguos. Alrededor del salón había un estante y en él se veían libros de Chateaubriand, Walter Scott y la Historia de los caballeros hospitalarios de San Juan de Jerusalén, por el abate Vertot, en una edición de lujo. Las dos muchachas me parecieron verdaderamente encantadoras en la intimidad. Sobre todo Rosa era muy bonita. Hablaban muy bien el castellano y sabían el italiano y el inglés. Habían sido educadas en una pensión de Gibraltar.
III.
NUESTRO AMIGO MENDI
Estábamos hablando de la vida y de las costumbres de Alejandría, cuando se oyeron pasos en la escalera y después en el corredor.
La señora Cayetana se levantó, y en su lengua chapurreada dijo al que llegaba:
—Señor Mendi. Aquí hay otro spagnuolo que va a vivir con nosotros.
Entró el español; yo me levanté para saludarle.