El constructor de ataúdes me mostró el reloj de autómatas y sonería, del que estaba muy orgulloso, y después, sentándose entre un ataúd grande de un hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el gato cariñosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se puso á hablar sonriendo con una amable sonrisa.
Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la inestabilidad de las cosas humanas, de lo fugaz del placer y del roer del tiempo con sus horas fatídicas.
Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba Juanito, y su gato negro, Astaroth, tenían para él, por lo que vimos, la importancia de divinidades siniestras y macabras que presidían sus momentos.
El hombre de los ataúdes nos contó la historia de la Canóniga y la suya, adornando ambas con sus fúnebres pensamientos.
III.
Meses después en Madrid, á principios de otoño, fuí á casa de Aviraneta, que vivía en la calle del Barco con Josefina, su mujer.
Don Eugenio tenía entonces más de setenta años y estaba hecho una momia grotesca. Sus piernas se negaban á sostenerle, y para andar marchaba apoyado en un bastón grueso, dando golpes en el suelo como un ciego. Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo de una gran peluca roja; su nariz, grande y también roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos brillaban de inteligencia y de malicia.
A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta conservaba brío y tenía las facultades tan despiertas como en sus buenos tiempos de conspirador.