—Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?
—Sí; creo que sí.
Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno en el fondo.
Se avisó á Sor Maravillas, y el Estudiante pasó al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.
Luego el Estudiante le contó que había venido con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la señora Benita. La señora Benita era la guardiana.
—Ya se lo diré á la superiora—dijo Sor Maravillas.
Poco después volvió diciendo que podían quedarse.
El Estudiante piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.
—Ahora quédese usted aquí—dijo el Estudiante—yo iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.
Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita subió á un cuarto alto con un balcón corrido.