—Veamos cómo.
El Estudiante indicó por dónde se podía ir.
Aviraneta explicó al Arranchale lo que decía. Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había un camaranchón magnífico.
Nación no se decidió al escalo. Aviraneta y el Lobo siguieron al Arranchale y salieron á un desván grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.
Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el Estudiante y Nación.
Todos, menos el Estudiante y Aviraneta, se trasladaron al desván, y decidieron pasar unos días allá para descansar.
El Estudiante llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.
La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el Estudiante, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.
Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le vendaron la pierna.