Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.
—Viene usted á tiempo—le dijo éste.
—Pues, ¿qué pasa?
—Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado á sus casas; el Lobo y dos ó tres más han ido á reunirse con el Empecinado.
—Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?
—Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.
—¿De manera que aquí no podemos hacer nada?
—Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la disciplina: imposible.
—Entonces, vámonos.
—Cuando usted quiera—dijo Diamante—¡Antes si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.