—Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.
—¿Hay que entrar en el pueblo?—dijo Aviraneta.
—No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.
Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.
El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación con los milicianos.
Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.
Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos, y cuando concluyeron era ya de noche.
Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el Fraile, Nación y los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.
El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la posada del Trigueros, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter los caballos.