En el pasillo de la posada del Trigueros encontró al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.

Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que arriba.

Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y el Fraile, el Cómico, el Estudiante y Nación se apoderaron de ellas por medio de una propina que dieron á la criada.

En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.

Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El Arranchale y Aviraneta disponían de la alcoba y del lienzo de los catres.

El Arranchale roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se alarmaba.

Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.

Con la corriente de aire el Arranchale se despertó:

—¿Qué hay?—dijo en vascuence.