De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que subir por escalones.
Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo.
—¿De aquí no se verá Plasencia?—dijo Aviraneta.
—No. Ca.
—¿Ni habría medio de comunicarse con ella?
—Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con su anteojo en la dirección indicada.
—¿Y Plasencia no nos secundaría?—preguntó Aviraneta.
—No; creo que no.
Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los alrededores.