En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un color morado, lanzaban un grito agudo.

Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía despacio por el camino.

Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban allí cerca con un fragor imponente.

Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo....

—Realmente la guerra es una cosa absurda—pensó; luego, dirigiéndose á Diamante, dijo—: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?

—Yo, como el general—contestó Diamante—, no defendería este pueblo.

—¿Pues qué haría usted?

—Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad Rodrigo—y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del panorama.

—Pero hombre, no—exclamó Aviraneta saltando del pretil—. Me parece un poco bárbaro. Este es nuestro país.

—Ríase usted de esas tonterías—replicó Diamante, con un gesto entre desdeñoso y de superioridad—; todo lo que no sea hacer la guerra de exterminio será tiempo perdido.