Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado por Ouvrard. Cincuenta ó sesenta mil duros fueron á parar á su bolsillo. Así se explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus magníficos caballos en esta época. Corría por debajo el dinero de los tenderos y de los porteros de París después de pasar por la bomba aspirante de Ouvrard.

—Esta explicación—terminó diciendo Aviraneta con su voz ronca—no añade ni quita nada á la historia que me has contado; pero aclara un punto que siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así como en la averiguación de los crímenes se ha dicho: buscad á la mujer, en la investigación de las intrigas políticas, revolucionarias ó reaccionarias hay que decir: buscad el dinero.

—¡Qué rarezas tiene el Destino!—exclamé yo—. Un capricho de Teresa Cabarrús, en París, produce la catástrofe de dos enamorados en Cuenca.

—Es la Fatalidad, la Ananké—exclamó Aviraneta, que sabía lo que significaba esta palabra por haberla leído en Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo.

—Extrañas carambolas.

—Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos, movió con la paleta la ceniza del brasero y se echó el embozo de la capa sobre las piernas.


PARTE PRIMERA