—Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!
—Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia aquí.
—Antes es la libertad y la patria que la familia—dijo el señor Bustillo solemnemente.
—Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.
—Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.
El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer y á sus hijas.
—Este señor es el ayudante del Empecinado—dijo con entusiasmo.
La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.
—¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?