Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.

Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.

Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.

—Pero ¿qué pasa?—gritó el Empecinado.

Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el Cura Merino.

—Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?—preguntó don Juan.

—Ahora mismo.

—¿Y los centinelas?

—Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era un rebaño.

Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja en las primeras horas de la mañana.