—¿Por dónde?
—Ahí encontraréis la vereda.
Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la plaza de armas.
—¿No os queda algo que comer?—preguntaron al entrar.
Quedaba pan y cecina, que devoraron.
—¿Y qué ha pasado allá?—preguntó Aviraneta.
—Nada. Un estropicio—dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del Empecinado.
—Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo?
—No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.
—No, no la ha habido—dijo un soldado—. Yo estaba allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas—. Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en esto me encontré rodeado del enemigo.