—Estaba lo mismo Cáceres—replicó Aviraneta—, y lo hemos dominado. A fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y por ahora hay tranquilidad.
—¿De veras?
—Sí.
—¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?
—Sí; si usted lo autoriza.
—Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.
Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos dispusieron lo que había que hacer.
Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no acudió.
Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste, en poco tiempo, lo supo dominar.