Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:

—Yo, no entender.

—¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...

—Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos caminos... luego cansar... escapar campos.

El andaluz se echó á reir.

—¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?...

—Yo querer ir á América...

—Realmente—murmuró el andaluz—á este desdichado es una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya verán lo que hacen con él.

Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una rodilla hinchada y una misantropía terrible.