Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel, un hombre á quien llamaban el señor Pepe el Tiznado.

El señor Pepe el Tiznado era un viejo andaluz, serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.

Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno, porque cambiaba de ellos más que de camisa.

El lugarteniente del señor Pepe el Tiznado, que hacía de portero de la cárcel, era el Telaraña, un hombrecito muy redicho y hablador.

El Telaraña tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el Telaraña era pajarero.

Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del Telaraña.

Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.

A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.

Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos; no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto de Sevilla se hallaba enclavado.