(Leyenda de algunos relojes.)

PRÓLOGO

Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y auténtico cronista de la vida de Aviraneta, escribió unas líneas preliminares para explicar la procedencia de los datos utilizados por él en esta narración.

Por lo que dice, las bases de su relato fueron la historia que le contó en Cuenca un constructor de ataúdes, y los comentarios y antecedentes que aportó á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid. Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, Leguía antepuso los antecedentes de Aviraneta á la narración del constructor de ataúdes, proceder no desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor de ataúdes debe ser siempre una faena final y epilogal. El lector, si es un tanto aviranetista, quizá encuentre medianamente interesante la transcripción del preámbulo de Leguía.


I.

Unos años antes de la Revolución de Septiembre—dice Leguía—me encontraba en Madrid triste y débil, retraído de la vida pública por el fracaso de mis correligionarios y casi retraído de toda vida privada por padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo senador se presentó en mi casa y me instó á que le acompañase á una finca suya, enclavada en el centro de los pinares de la serranía de Cuenca.

Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo, que acepté y marché con él á su finca.

Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme y al mismo tiempo á restablecerme en aquella soledad, perfumada por el olor de los pinos, sentí la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los pueblos de su distrito, y alguna vez le acompañaba yo.