Dieguito iba en camino de la parálisis general, estaba tonto, alelado; la hija del Zamarro, la Cándida, era una muchacha joven, guapa y fuerte.

Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron los dos Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doña Gertrudis y Cándida, la hija del Zamarro.

La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince años huérfana de padre y madre.

En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban Cándida y su hijastra Asunción; en el segundo estaba el archivo de un escribano; en el tercero vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto Doña Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.

Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el pelo blanco, un tanto fatídica.

Arruinada por su marido, no contaba para vivir más que con la viudedad que le pasaban.

Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible, surcada por arrugas rígidas.

Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera tomado por una gárgola gótica ó por un espectro.

En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad y lujo.

La Cándida era una mujer poco inteligente, de gustos bajos y vulgares. Su padre, el Zamarro, había sido un tendero que, en tiempo de la guerra de la Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y reunió un capital bastante grande para un pueblo.